En cierto modo me fascina el concepto de espacio que se "vive" en Londres. Ya he dicho en más de una ocasión que la ciudad es muy grande, inmensa. Pero esa amplitud geográfica no se traduce en una amplitud de espacio propio, es decir, que la gente vive "muy junta" a pesar de que en teoría hay espacio de sobra para todos. Los lugares públicos, como bien indica su nombre, son públicos, y la gente aprovecha hasta el último espacio que queda para poder estar en ellos. Un jardín pequeño en un día de sol puede estar abarrotado, con gente que ocupa todo el espacio posible para tumbarse, ya sea para descansar un rato, para leer, escuchar música o tomarse un café. Lo mismo pasa con los bancos. Es muy frecuente ver a gente que no se conoce de nada, comiendo juntos en un banco, quizás tres personas a la vez, sin hablarse, cada uno a la suya. Pero como el banco es de todos... todos lo pueden utilizar. A veces me ha pasado que estoy sentado en un banco y que se sienta alguien a mi lado. Es una sensación muy rara, porque creo que en Valencia es poco habitual que eso pase. Tu banco es tuyo y si otro quiere sentarse que se busque la vida, ¿no? Pero aquí no. Y lo que me llama la atención es que toda esa gente que físicamente comparte un mismo espacio y está muy cerca de las otras personas... en realidad uno no existe para el otro: están muy lejos en lo afectivo. Hay una imagen que se me ha quedado grabada en las cafeterías y es ver a la gente en la barra que da a la calle, apelotonados en los taburetes, con la mirada perdida hacia algún punto.
Cerca y lejos a la vez.
Si esa soledad tiene algún sentido positivo yo no acabo de verlo.

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