Son muchas las personas y cosas que echo de menos desde las islas. No hace falta enumerarlas y son de sobra conocidas, pero hoy quiero escribir sobre las pequeñas cosas que me doy cuenta que me faltan aquí... y que no voy a disfrutar porque no se pueden traer. Ya el año pasado me di cuenta que echaba mucho de menos un olor muy especial que por supuesto aquí no voy a encontrar. No es ningún perfume ni el olor a ninguna comida.
Y es que “necesito” el olor a pino. Hoy estaba en el Warburg y, para variar, se me ha ido la cabeza de lo que estaba leyendo y me he puesto a pensar en el verano y en Javea. Y me ha venido a la mente el recuerdo del olor a los pinos mezclado con la tierra, en esos momentos en que las cigarras cantan como si fueran a explotar. Es el momento en que hace calor y se produce una mezcla deliciosa entre la tierra, la resina y mi añorado olor a pino. Muchas veces huele de esa manera cuando en verano me voy en bici al Oronet y subo por la carretera de Portaceli, por la tarde, con el tiempo detenido. Hay un tramo en que estás rodeado de bastantes pinos. Y hace calor, mucho calor. Y entonces se muestra ese olor, vale decir, fenomenología del perfume. También es muy fácil encontrarlo en Javea, en el camino hacia los dos cabos. Ahí si que huele de verdad. Ese olor a pino es mi olor del Mediterráneo, de paredes encaladas y alfombra de pinocha. De siesta en bañador y chapuzón en la Cala Blanca. De cangrejeras alquitranadas y película en el Jayan. Es mi olor de la libertad porque lo huelo en verano, en Javea, montado en la bici o en el coche. Pero en bici huele mejor!!! Si, seguro, huele mejor... con la cara peinada por el viento perfumado de pino... al vent, la cara al vent, al vent del món.

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